Trump se define sobre Cuba: de malo conocido a peor por conocer

Uno de los más importantes intelectuales cubanos pone al descubierto, con la profundidad requerida, la naturaleza y las motivaciones del pronunciamiento del nuevo presidente estadounidense

PorAurelio Alonso
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Casi la mitad de este año hemos esperado por una definición del nuevo ocupante de la Casa Blanca que ya era del todo previsible. La prudencia de no precipitar vaticinios que pasaran por alto el supuesto pragmatismo del empresario capitalista exitoso y lo inesperado y hasta excéntrico del temperamento del nuevo presidente, no pueden confundirse con muestras de ingenuidad. En los manejos del tiempo en política no se debe subestimar la necesidad del “tiempo de espera” que a menudo impone la coyuntura.

Uno de los biógrafos de John F. Kennedy afirmó que su muerte demostraba que los Estados Unidos podían ser gobernados por presidentes mediocres, incapaces y hasta sin presidente pero que no resistían tener un jefe de estado con inteligencia. A solo un año de que decretara el “embargo” a Cuba, se podía percibir que fracasaba en el propósito de eliminar el “régimen”, y que sostenerlo era convertirlo en una acción de asfixia genocida. Se sabe que lo asesinaron cuando daba señales de estar dispuesto a un diálogo entre ambos gobiernos, aunque su mandato corre con el crédito del patrocinio a los invasores en 1961 y la formación de las bandas del Escambray, el inicio del cerco económico y el amenazador despliegue naval alrededor de la Isla en la crisis de octubre en 1962. Paradojas de la Historia.

Decía un viejo amigo que el bruto es peor que el sinvergüenza, porque con este se puede discutir, llegar a arreglos o tomar distancia, pero los daños que puede hacer el primero son incontrolables. La mayor complejidad tiene lugar cuando coinciden las dos cualidades. Se han visto casos en la Oficina Oval.

Es cierto que la lista de los presidentes electos en los Estados Unidos no ha sobresalido por la constancia de virtudes tan necesarias como la honestidad, la sabiduría política, la prudencia y otras que debieran estar presentes en un sistema de gobierno representativo. No faltan estudios que han hurgado en la singular correspondencia entre la sucesión presidencial y la presión de la lógica del capital en la correlación que define el poder de Washington. De modo que, aunque el ingenioso comentario del biógrafo de Kennedy no deja de ser acertado, resulta del todo insuficiente para revelar los circuitos de mando que explican cómo funciona el sistema estadunidense.

La historia del siglo XX revela la ruptura progresiva y creciente con los valores proclamados por los padres fundadores, cuyo declive y deformación nació y se manifestó con intermitencia mucho antes en la conducción de la Unión. Desde los mismos tiempos fundacionales, como puede constatarse.

Desde 1823 la consigna clave de la doctrina Monroe, “América para los americanos” ocultaba una ambivalencia entre el sujeto, que denotaba (y denota) la extensión del hemisferio, y el predicado, americans, que ya comenzaba usarse incluso en documentos oficiales, con exclusividad, para a los habitantes de los estados nacidos de las trece colonias. Un secuestro semántico en una connotación donde no figuraba (ni figura) el latinoamericano; y ni el canadiense: se es canadian o american. Pocos años tuvieron que pasar para que México, el país más rico y más extenso de Hispanoamérica, viera a sus vecinos del Norte arrebatarle por la fuerza la mitad de su territorio sin poder hacer nada por recuperarlo.

Bolívar advirtió sin rodeos de ese potencial peligro de recolonización, desde que nacía como un simple enunciado de política, y Martí lo pudo ver ya convertido en amenaza real y concebir la importancia de una nación cubana soberana no sólo para su pueblo sino para la América que llamó “nuestra”. España se empeñó con saña en impedirlo y el imperio naciente esperó a su empecinado desgaste para aprovecharse, como había temido el Apóstol que sucediera. El imperio supo manejar el tiempo para que la usurpación colonial se produjera sin costos, y con saldos excepcionales.

Curioso destino de Cuba haber sufrido como pionera el yugo colonial español, para terminar estrenando, cuatro siglos después, el esquema de dominación con créditos formales de independencia ingeniado por el capitalismo, en una nueva etapa. Centrado en el “Nuevo Mundo” mismo, desplazando rivalidades europeas en la recolonización de la América Latina.

Hubiera sido un signo de candidez creer que el poder imperial iba a reconocer en 1959 la soberanía efectiva – que había logrado impedir en el resto del continente – en la tierra donde emplazó su primer ensayo neocolonizador. Fidel lo percibió desde la Sierra Maestra y preparó a su pueblo para enfrentar el cambio. Y la soberanía fue la primera y más preciada conquista de la victoria de 1959. Obligados a defenderla con las armas frente a la invasión en Girón y a lo largo de cinco años de guerra con la contra-revolución organizada en más de ciento cincuenta bandas sostenidas por la CIA. Sería ahora el destino de Cuba, también, el de proveer al Continente el ejemplo de asegurar la soberanía frente al imperio: la libertad que, más allá de una expresión escrita, nace y se sostiene en la resistencia, como afirmara con acierto Cintio Vitier en un ensayo de fin de siglo.

Durante casi seis décadas, aquellas disposiciones presidenciales de 1962 fueron convertidas en una infranqueable estrategia de asfixia contra la sociedad cubana, intensificadas con continuos remiendos y convertidas en ley en 1996, para que ningún presidente sensato hallara facilidad en cambiar las cosas por sí mismo. Desde 1959 el objetivo estratégico de la política de Washington hacia Cuba ha sido el rescate de su dominación, en lo cual han fracasado hasta ahora once presidentes. Es una constante que Fidel nos enseñó a no pasar por alto.

Solo Barack Obama ha sido capaz de admitir públicamente el fracaso del bloqueo comercial, económico y financiero, un cuarto de siglo después de que el proyecto social cubano se mostrara capaz de mantenerse en pie, con sus logros sociales, tras los efectos devastadores de la desaparición del sistema socialista soviético. Cuba ha sufrido mucho desde entonces, pero ni siquiera llevando el cerco a su máxima expresión han logrado desestabilizarla. Fracasaron en enajenar su soberanía, aun abusando de la soledad y el desamparo material con que afrontó los noventa. William Clinton hubiera podido percatarse de ello dos décadas antes de Obama, de haber tenido la talla de estadista que a aquel sistema le cuesta tanto producir para dirigirlo.

Trump, torpe y predictible

Kennedy no fue el primer presidente norteamericano asesinado durante su mandato. Pero en su caso la conspiración de las fuerzas que realizaron el crimen se hizo escandalosa, y más escandalosa aun su impunidad. Sin embargo, dudo que en su tiempo un capo mafioso pudiera increparle con golpes en su mesa de la Oficina Oval, como cuentan Leogrande y Kornbluch que hizo Más Canosa con Clinton, por no cumplir supuestos compromisos. El llamativo blindaje de las limosinas armadas de Obama indica que quedó atrás la época del descapotable presidencial; este ha dejado de ser aconsejable ¿Será que le increpe con golpes en la mesa lo que trata Trump de evitar que le haga Marco Rubio si no le muestra gratitud por su apoyo? ¿O podría ser algo aún peor?

Más que la influencia efectiva de la ultraderecha cubanoamericana, que ya ha dado suficientes signos de decadencia, como muestran las propias encuestas estadounidenses, el nuevo mandatario, incorporó el 16 de junio otro episodio a sus primeros desatinos en la Casa Blanca. Veo difícil que pueda limpiarse ya del lastre de revolcarse con aquella escoria política sin futuro en el sistema norteamericano.

Cuba no es, sin embargo, ni el primero ni el más importante de sus desatinos. Más graves me parecen el muro de México y su brutal política migratoria, que Peña Nieto, impotente y lacayuno, trata de disimular. Más grave su actitud prepotente con la Unión Europea en un momento en que, iniciada su crisis terminal desde el Mediterráneo, comienza el calendario de la desconexión británica. Más grave sus primeros pasos en el Oriente Medio, donde supera las arbitrariedades de sus precursores añadiendo un peligroso acuerdo billonario de armamentos con Arabia Saudí – justo después de visitar al papa Francisco y fingirse sensible a su llamado de paz. Más grave la inflamación del presupuesto de guerra de este año en los Estados Unidos, para plácemes de complejo militar-financiero-industrial. Más grave es su abandono del compromiso de los Estados Unidos con el acuerdo de París sobre el cambio climático, de cuyos efectos tampoco los quinientos personajes más ricos que contabiliza anualmente la revista Fortune van a escapar.

Y aunque no haya llegado el momento del pronunciamiento trumpiano decisivo contra Venezuela, es evidente que otro de los retortijones más graves del imperio –abonado, en este caso, por la política de su antecesor– se advierte en el respaldo a la oposición de la derecha venezolana hacia una salida golpista.

¿Qué otra cosa podía esperarse de ese anuncio del 16 de junio, concebido para satisfacer peticiones más que para definir una proyección coherente con los intereses del país que dirige? No deja espacio a dudas, además, que el lugar de enunciación de su política hacia Cuba sea precisamente el teatro que lleva el nombre del traidor Manuel Artime, en la ciudad de Miami. Como afirman no pocos analistas, los escasos avances puntuales de la política iniciada por Obama no fueron tocados en su estridente discurso. Tampoco es posible inferir, no obstante, que no se constate un retroceso, especialmente cuando ha anunciado, con énfasis “¡Reforzaremos el embargo! “. En tanto el giro de Obama en su año final se sostuvo a partir del reconocimiento de que aquella había sido una política equivocada, y de una explícita disposición a sacar a su país de ella. Creo que es lo primero a anotar, aunque el demócrata Obama no haya acompañado aquel anuncio de cambio con avances prácticos en resortes esenciales que estaba a su alcance tocar, e incluso se perciba desde 2015 un aumento de frecuencia en las sanciones financieras impuestas por la OFAC dentro y fuera de los Estados Unidos a entidades bancarias y aseguradoras, por amparar transacciones con Cuba. Por supuesto que esta persecución financiera se ha mantenido bajo el relevo republicano: ya son cuatro las multas impuestas en los meses transcurridos de 2017.

El resto del show de Miami, invectivas incluidas, repite manidas exigencias sobre los derechos humanos, concebidos como sombrilla para una oposición costeada desde allí, y allí representada, invitada a codearse con terroristas jubilados y el resto de un cenáculo que ahora se declara trumpista. Mantuvo la prohibición del turismo estadunidense y le puso una traba a las categorías autorizadas a viajar eliminando visitas individuales. En el fondo atenta principalmente contra las libertades de los ciudadanos de los Estados Unidos.

Proscribió también cualquier conexión con instalaciones pertenecientes al complejo de empresas del Ministerio de las Fuerzas Armadas. En los análisis que he podido leer se destaca la superficialidad de esta medida porque bastaría con devolver la corporación CIMEX al Consejo de Estado y/o cualquier otro enroque institucional. El magnate investido de poderes seguramente sea más ducho que los funcionarios cubanos en el camuflaje empresarial, tan rico en variantes para la evasión fiscal en el mundo del capital. Pero el ataque verbal contra GAESA no pasa de una alharaca para el teatro miamense. Las empresas militares responden solamente por el 21% del PIB cubano y el 61% corresponde al sector estatal civil, en tanto el 18% restante es del sector no estatal, según datos ofrecidos por el politólogo Emilio Morales en un artículo reciente, frente a la imagen de militarización de la economía. Pero aun si no fuera así, no es el ejercito empresario lo que en el fondo molesta a Washington sino el Estado empresario, y si las empresas militares dejaran de serlo el problema seguiría ahí. Obama era más preciso (franco, directo) cuando anunciaba una apertura que privilegiara a los “emprendedores”, con algunos de los cuales pudo relacionarse en su visita a Cuba.

Se ha puesto de moda decir “emprendedores”, porque el concepto no sólo incluye a los trabajadores por cuenta propia sino también a los trabajadores por “cuenta ajena”, para hacer referencia al empresariado privado emergente.

Dudo que ningún Estado que se respete permita a otro, potencia o no, que excluya relacionarse con su sector estatal. Es una propuesta altamente discriminatoria que revela, en rigor, condicionamientos inaceptables para levantar el bloqueo. ¿Es que la condición termina en volver al estado de cosas precedente a 1959 para mantener las relaciones? Ese tipo de “normalización” no figuró a principios de los noventa entre las variantes posibles para los cubanos, y no hay motivos para que figure ahora.

Es previsible que limitar del “contacto de pueblo a pueblo” a viajes en grupos se traduzca en una reducción, que incidirá principalmente en este sector emergente (los “emprendedores”) más directamente que en las instalaciones de las empresas estatales. Estas últimas acogen principalmente al turismo de países que tienen relaciones normales con Cuba, donde las agencias de viajes ofrecen paquetes completos. En tanto la mayoría los viajeros estadunidenses se alojan en habitaciones rentadas y hacen sus comidas en los “paladares”, entre los cuales la escala recorre ya todos los niveles de exigencia y de precios.

El economista Pedro Monreal ha calculado que, debido a esta medida, en el segundo semestre de 2017 la perdida en ganancias para los “emprendedores” cubanos puede llegar a los veintiún millones de dólares. Se pregunta, con buena razón, si se trata de un “daño colateral”, o una acción intencional: un modo de sabotear el proceso de descentralización estructural inscrita en la actualización en marcha del modelo socialista cubano.

No quiero terminar sin recordar que, a fines de noviembre pasado, el presidente electo, sin ser aun investido, no se limitó en hacer comentarios grotescos y calumniosos con motivo del fallecimiento de Fidel Castro. Todavía no había llegado a la Oficina Oval, pero quiso dar desde entonces una señal de sintonía con el cenáculo retrógrado que su miopía identifica con Cuba. En consecuencia, lo que acaba de suceder, aunque nos disguste que sea así, no debe sorprender a nadie. Además debe prepararnos para un cuatrienio de trumpismo, que significa, en el mejor de los casos, inmovilidad en los temas de relaciones bilaterales, desencuentros diplomáticos y endurecimiento de la retórica presidencial.

Ojalá me equivocara pero estoy convencido de que la ecuación se ha demostrado ahora de malo conocido a peor por conocer.

Donald Trump no es en el fondo impredictible, porque existen elementos para predecir también su impredictibilidad. Incluida la posibilidad de que en la práctica deje de ser coherente en sus anuncios, con todos o algunos, y Cuba – es decir, el “régimen” – estaría preparada para eso. Pero sin olvidar el pasado, ni el lejano ni el más próximo, y sin concesiones que impliquen renuncia de soberanía.

De todos modos, tengo la impresión de no haber visto nunca un caso presidencial en Washington que haya logrado unificar un consenso mayor en su contra, en tan corto tiempo, dentro y fuera de los Estados Unidos.

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